Al principio no reparé en la escena, hasta que, un chavalito de unos veintitantos pasó sin poder apartar la mirada de las féminas. Una por una. Sorprendido cada vez que posaba la mirada en una de ellas pero en fila india. Sus ojos repasaron en cuestión de segundos cada detalle de cabeza a pies de las seis allí colocadas.
Era (casi) casualidad, claro. Viernes noche y seis jóvenes, todas ellas hembras de entre 18 y 24 años refugiadas bajo una pequeña marquesina, esperando con impaciencia el autobús que las llevaría a lo que esperaban fuese una estupenda noche de fiesta. Todas no, casi todas. La última de estas (de izquierda a derecha) se había colocado fuera del baldaquín de la parada, aguardándose de la lluvia con su negro paraguas y mirando con desasosiego la carretera por la que, supongo, habría de aparecer el transporte público. Comencé a analizar la escena: la primera de estas chicas era gruesa, tosca y con generoso busto. Estaba sentada en el banquito, con las piernas separadas y apoyando los codos en sus rodillas mientras mascaba chicle y fumaba un cigarrillo. Todo a la vez. La segunda de ellas era una rubia, alta y bonita, de semblante frío y ligera de ropa. Parecía una estatua ya que apenas pestañeaba, sin embargo no irradiaba ni un ápice de arrogancia. Tan solo permanecía quieta, impasible. La tercera y la cuarta eran amigas, o eso aparentaban. Parloteaban sin parar acerca de chicos, bebidas alcohólicas y ropa. Parecía no importarles la espera a pesar del frío. La quinta chica fumaba pitillos de liar e iba excesivamente maquillada, incluso para ser fin de semana. Pendientes grandes y ropa ajustada. ¿Inseguridad quizá? Escribía a toda prisa mensajes con su iPhone y sonreía de medio lado de vez en cuando. La última de ellas iba totalmente de negro: sus tacones, sus vaqueros, su chaqueta y su paraguas eran de este color. Necesitaba el paraguas para no empaparse ya que permaneció fuera de la atechada parada de autobús sin que ninguna de las demás se inmutase y se ofreciese a hacerle un hueco.
Debido al paraguas no podía ver bien su rostro, pero observé que también fumaba. Con frío y un ligero tembleque en la mano.
Con disimulo intente acercarme más, me tenía intrigada la actitud egoísta de las otras y el desinterés de esta por esforzarse en resguardarse junto a ellas y ya cuando me encontraba a escasos metros de ella, reparé en su actitud: resignación.
Debido al paraguas no podía ver bien su rostro, pero observé que también fumaba. Con frío y un ligero tembleque en la mano.
Con disimulo intente acercarme más, me tenía intrigada la actitud egoísta de las otras y el desinterés de esta por esforzarse en resguardarse junto a ellas y ya cuando me encontraba a escasos metros de ella, reparé en su actitud: resignación.
Absorta en estos pensamientos llegó el autobús y dudé de si tomarla por el brazo y preguntarle porqué o darme la vuelta y volver a mi casa. Tanto pensé que me quedé como un palo grapado al suelo, y cuando me decanté por lo primero, ella ya estaba subiendo y desapareciendo por entre las puertas del vehículo.
Lo último que pude ver fue una nariz respingona y una cascada de olas avellana agitándose por el viento.
Ahora me pregunto que sería de ella y el porqué de su conducta. O quizá fueran imaginaciones mías.Nunca lo sabré.

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