viernes, 23 de diciembre de 2011

Me estaba comunicando contigo.


Extracto de mi querido ''Lyla, don't believe'':

Creías que nunca sería capaz de avanzar. Pero ya me ves, con carrerilla. Sin lágrimas. Todo gracias a ti. A tu forma de tratarme (o de no tratarme) y a esa insistencia por que echase a volar.
Mírame (y siéntete orgulloso), se volar casi mejor que nadie.. Me había olvidado las alas junto a la dignidad.
(...)
Es cierto, es un mundo terrible, pero de tan terrible que es le voy a sonreir. Le voy a hacer un corte de manga a todos los días grises que vengan y me voy a abrazar para siempre a todos los que me abrazen.
Algún día lo entenderás, al fin y al cabo, tendré que devolverte el favor y enseñarte también a volar... Pero aún pasarán años porque ahora, mi amor, estoy tan lejos, tan alto, que no me apetece bajar a limpiarte la humedad de los ojos.. Y la niebla es verdad, me desconcierta a veces, pero reacciono antes de estrellarme contra el suelo, retomo el vuelo con más ganas que nunca y arriba, aquí arriba, es todo mejor. Ojalá hubieses volado conmigo. Ojalá no fueses un zombie condenado a vivir bajo tierra.
Te quiero, pero aquí no hay lugar para esto. Ya no.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Choques frontales sin frenos.


Si es que cuando se te tuerce el día, solo puede seguir curvándose en la dirección equivocada. Como estas bolas de nieve de los dibujos animados que van rodando y a medida que avanzan se van haciendo más y más grandes. Y la única solución para que se deshagan es el estrellarse contra un muro o similar.
Pues bien, quizá mi muro de hoy has sido tú. O quizá haya sido yo misma. El caso es que el día empezó con altibajos y a medida que fue oscureciendo, mi ánimo también se fue apagando y la bola de nieve fue creciendo, primero despacio y después más rápido. Hasta que me ha llevado con ella y he empezado a rodar sin control, sin poder parar. Me he fundido con la bola y entonces he empezado a sentir frío, muchísimo frío. Tampoco podía ver ni respirar con claridad porque las capas de nieve que se iban impregnando a la bola me cegaban y el hielo se me colaba por la ropa, calándome, quemándome con la temperatura glacial. Hielo contra piel. Nieve contra nieve. Orgullo contra orgullo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Sensaciones de ciudad.

 Al principio no reparé en la escena, hasta que, un chavalito de unos veintitantos pasó sin poder apartar la mirada de las féminas. Una por una. Sorprendido cada vez que posaba la mirada en una de ellas pero en fila india. Sus ojos repasaron en cuestión de segundos cada detalle de cabeza a pies de las seis allí colocadas.
Era (casi) casualidad, claro. Viernes noche y seis jóvenes, todas ellas hembras de entre 18 y 24 años refugiadas bajo una pequeña marquesina, esperando con impaciencia el autobús que las llevaría a lo que esperaban fuese una estupenda noche de fiesta. Todas no, casi todas. La última de estas (de izquierda a derecha) se había colocado fuera del baldaquín de la parada, aguardándose de la lluvia con su negro paraguas y mirando con desasosiego la carretera por la que, supongo, habría de aparecer el transporte público. Comencé a analizar la escena: la primera de estas chicas era gruesa, tosca y con generoso busto. Estaba sentada en el banquito, con las piernas separadas y apoyando los codos en sus rodillas mientras mascaba chicle y fumaba un cigarrillo. Todo a la vez. La segunda de ellas era una rubia, alta y bonita, de semblante frío y ligera de ropa. Parecía una estatua ya que apenas pestañeaba, sin embargo no irradiaba ni un ápice de arrogancia. Tan solo permanecía quieta, impasible. La tercera y la cuarta eran amigas, o eso aparentaban. Parloteaban sin parar acerca de chicos, bebidas alcohólicas y ropa. Parecía no importarles la espera a pesar del frío. La quinta chica fumaba pitillos de liar e iba excesivamente maquillada, incluso para ser fin de semana. Pendientes grandes y ropa ajustada. ¿Inseguridad quizá? Escribía a toda prisa mensajes con su iPhone y sonreía de medio lado de vez en cuando. La última de ellas iba totalmente de negro: sus tacones, sus vaqueros, su chaqueta y su paraguas eran de este color. Necesitaba el paraguas para no empaparse ya que permaneció fuera de la atechada parada de autobús sin que ninguna de las demás se inmutase y se ofreciese a hacerle un hueco.
Debido al paraguas no podía ver bien su rostro, pero observé que también fumaba. Con frío y un ligero tembleque en la mano. 
Con disimulo intente acercarme más, me tenía intrigada la actitud egoísta de las otras y el desinterés de esta por esforzarse en resguardarse junto a ellas y ya cuando me encontraba a escasos metros de ella, reparé en su actitud: resignación.
Absorta en estos pensamientos llegó el autobús y dudé de si tomarla por el brazo y preguntarle porqué o darme la vuelta y volver a mi casa. Tanto pensé que me quedé como un palo grapado al suelo, y cuando me decanté por lo primero, ella ya estaba subiendo y desapareciendo por entre las puertas del vehículo.
Lo último que pude ver fue una nariz respingona y una cascada de olas avellana agitándose por el viento.
Ahora me pregunto que sería de ella y el porqué de su conducta. O quizá fueran imaginaciones mías.
Nunca lo sabré.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Tic, tac.


El tiempo es oro y así deberíamos valorarlo. 
No tiene nada que ver con todos esos lemas de ''Live fast, die young'' y entrelíneas: drógate hasta la muerte. A lo que me refiero es que solemos pasar los días como hojas de un libro al que apenas estamos prestando atención y no como las de nuestra lectura favorita: repasando cada línea, saboreando cada espacio, cada punto y cada coma, retrasando el momento de cambiar de página para aprovechar hasta la última palabra.
Solemos pasarnos la mitad de nuestras vidas deseando lo que no tenemos y la otra mitad lamentándonos precisamente por este mismo motivo. La verdad que la mayoría de nosotros tenemos la convicción de que estamos exprimiendo cada instante y si realmente fuésemos sinceros con nosotros mismos descubriríamos que no sería acertado afirmar tal cosa. Nos agobian los problemas y nos aburre buscar soluciones. Nos inquieta lo desconocido y sin embargo lejos de afrontarlo, infinidad de veces huímos, perdiendo así quizá, oportunidades que jamás volverán a repetirse, situaciones, encuentros, experiencias que podrían haber cambiado de forma drástica el transcurso de una vida. 
Ese tiempo impalpable en el momento, que solo notamos cuando se nos viene encima. Ese miedo al paso del mismo, pero esa estupidez de no saber agarrarlo por el cuello y hacer con él lo que nos de la gana. Lucrarnos de este hasta la saciedad y, al mirar atrás decir ''Joder, pues yo he ganado''.